mayo 14, 2026

A prepararse: ¿con quién estarán los venezolanos?

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Venezuela es un país muy particular. Aquí pasan cosas, o dejan de pasar, como en ninguna otra parte.

El fútbol, o los mundiales, ejercen el ejemplo. Durante una época la gente esperaba el Mundial para asirse a alguna camiseta de su preferencia; se veían con no disimulada pasión los partidos, se ligaba a alguna selección, se gritaba y hasta se formaban escaramuzas que algunas veces terminaban en peleas de grupos contra grupos.

En todo ese tiempo la mayoría de los venezolanos aupaban a Brasil: “Qué bien juegan esos chamos, qué magia tienen en los pies, dígame ese Pelé, y qué tal ese Ronaldinho, no joda”, y así trascurrían aquellas adoraciones por los jugadores verdiamarillos. Otros, aunque con diferentes voceríos, tiraban de las banderas de España, e Italia, de Portugal, de Argentina.

Hasta que apareció una tal Vinotinto. Un color que arrastraba, más que fútbol, un sentimiento nacional, una visión que borraba del alma nacional aquellos amores por los brasileños. Nada en el mundo hubiera llenado más el sentirse de aquí, con el orgullo de país como estandarte, que ver al equipo en el Mundial; por eso la caída fue el descalabro mayor, aquel llevarse por delante todo lo construido en los castillos de arena que la olas que el mar Caribe se llevaron sin retorno.

No obstante, y por razones de raíces o familiares, los afectos por los equipos representantes de España, Italia y Portugal siguen intactos; también los suramericanos, Colombia, Ecuador, Perú, Argentina, Paraguay. Con Brasil había y aún hay simpatías, identificación de razas (no hay dos pueblos en el mundo que se parezcan tanto como venezolanos y brasileros) para establecer nexos románticos; con los europeos y del Nuevo Mundo son otras la motivaciones.

Este año vendrá el Mundial, y aunque habrá decepciones y desencantos porque no estará la Vinotinto de tantos delirios, se mantendrán parcelas por españoles, portugueses, italianos, colombianos, argentinos, ecuatorianos, peruanos y paraguayos, y en tono menor, por franceses e ingleses. También, y jugando al “distinto”, por Noruega o Marruecos.

Habrá dos campeonatos. El verdadero, en las canchas de Estados Unidos, México y Canadá, y el otro, el de los arrebatos desbordados, el de los clamorosos vencedores y el de los derrotados “porque si no hubiera sido por ese penal fallado, si no hubiera sido por aquel tiro en el palo…”.

Demos una vuelta a los ardores, tomemos por descuido al frenesí de los días mundialistas, y preguntemos: ¿con quién estará Venezuela, a qué selección va a ligar la gente? ¿Irá a esta o a la otra, se vestiría con los colores de la del país del padre o del abuelo, de aquel lugar que lo hizo alucinar cuando fue de turista? Pero allá dentro, en lo más hondo de su luz interior, seguirá entristecido, sin la risa sonora de otro tiempo. No estará la Vinotinto, y eso, compadre, será mucho decir.

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Fervor inquebrantable

Es curioso. Sin haber vivido jamás la ilusión de un Mundial, no hay país donde se cuece con más locura colectiva la llegada del campeonato, que en Venezuela.

La gente se apega, a veces exageradamente, a un equipo, y festeja con ruido sus triunfos y llora sus derrotas con desespero.

Son actos que están más allá de la conciencia de cada uno: no se gana nada, tampoco se pierde, pero es un hecho necesario porque se transita por los senderos del juego, del ser aficionado, de, al final de todo, sentir por unos días que todos somos iguales.

Recordemos ahora las caravanas de autos con alegorías de las selecciones y la gente cantando a coro consignas a ritmo de reguetón o hip-hop. Solo faltan cinco meses para que las luces mundialistas comiencen a alumbrar.

El fervor inquebrantable del fútbol y por poco más de un mes, será parte de la cotidianidad.

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