La tragedia acecha al Penta
L a situación de precariedad económica que afronta Portuguesa con la plantilla reclamando respeto por su trabajo y entrega en la cancha que lo metió contra todo pronóstico en las semifinales del torneo Apertura, y la directiva anunciando que ya no tiene más interés en seguir invirtiendo en el equipo, y que lo pondrá a la venta, no sorprende a nadie; porque parafraseando aquellas palabra de Carlos Marx en su análisis de ascenso de Napoleón III al trono de Francia en 1852, podemos afirmar que en el fútbol profesional venezolano la historia también se repite primero como tragedia y luego como farsa.
Es muy trágico que una institución con la solera del Portuguesa, con cinco títulos de campeón a cuesta y una afición que llena el estadio José Antonio Páez para respaldarlo en las buenas y en las peores, haya llegado a una situación de insolvencia, por responsabilidad de una directiva más interesada en las fotos con Neymar o en organizar shows para estrellas foráneas del pasado. Esa plata hubiera sido más provechosa en recuperar la desgastada grama del estadio, en ofrecer mejores instalaciones para los jugadores y públicos y en pagar puntualmente las deudas contraídas a los proveedores de servicios.
Sin embargo, el problema sobrepasa al hecho cierto de una directiva maula, expuesta por la plantilla en su comunicado público. La tragedia económica que termina con el descenso a segunda división o en el peor de los casos en la desaparición del equipo, como ya le ocurrió en el pasado a Portuguesa y le sucedió a una reguera de otras organizaciones, es fruto del modelo económico fallido del fútbol nacional que no se ha podido superar.
La idea del empresario que compra un equipo y lo mantiene de su peculio no sirve para el fútbol nacional, porque cuando el inversionista se cansa de poner dinero o desaparece físicamente, como fue el caso del Caracas del mecenas Guillermo Valentiner, el equipo vive la farsa del Portuguesa o la mengua progresiva que padece el Caracas.
Lo que hay que entender de una vez es que el fútbol es un hecho social, colectivo, y los clubes son producto de la suma de voluntades. Portuguesa no necesita un nuevo empresario, sino de socios mayoritarios y minoritarios dispuestos a formar un club, donde los aficionados también se conviertan en dueños de la institución con derecho a opinar, elegir a su dirigencia y con la responsabilidad de aportar recursos para que su amada institución no dependa de nadie en particular, sino de una sociedad que vele a diario porque la tragedia económica nunca se repita más.
Marítimo fue un modelo exitoso
El antiguo y desaparecido Sport Marítimo de Venezuela fue el mejor intento de crear un club que le perteneciera a la comunidad con cientos de empresarios lusos-venezolanos que aportaban recursos y una fervorosa afición que llenaba el estadio Olímpico de la UCV. Marítimo hasta contaba con una sede, donde sus socios podían compartir las festividades y su fervor por la institución rojiverde.
Lamentablemente, la torpeza dirigencial del propio Marítimo, al recurrir a instancias legales fuera del ámbito de la FIFA para resolver un problema exclusivamente deportivo, y la incompetencia de la Liga Profesional de aquel entonces acabaron en 1995 con un club que en su momento fue ejemplo de organización deportiva para el país.
Lo común en el fútbol nacional, en cambio, son las repúblicas aéreas de las que se quejó amargamente Simón Bolívar en su Manifiesto de Cartagena. Como aquella primera república fundada por los libertadores, la mayoría de los equipos nacionales son de papel, frágiles, sin bases sólidas, por lo que al primer soplido económico o cambio de gobierno regional están expuestas a desaparecer.
Minerven, Estrella Roja, Atlético Venezuela, Atlético Zulia, Unión Atlético Maracaibo, Deportivo Anzoátegui y pare de contar son parte del reguero de equipos que desaparecieron, porque dependían de un financista en lugar de una comunidad de socios.
La Ley del Deporte Profesional sería una vía para impulsar el fútbol venezolano
El fútbol es una industria que como cualquier otra requiere de leyes y regulaciones que permitan su florecimiento. En la actual Ley del Deporte está pendiente el desarrollo de un marco jurídico para el impulsar el desarrollo de los deportes profesionales en Venezuela, lo que incluye obviamente al fútbol. El artículo 61 en su numeral 4 de la Ley Orgánica del Deporte, la Actividad Física y la Educación Física señala que las actividades económicas del deporte profesional se regirán por su propia legislación. Sin embargo, ninguna de las ligas rentadas del país ha hecho el menor esfuerzo para presentar un proyecto a la Asamblea Nacional con el propósito de generar un marco legal beneficioso para sus intereses.
A través de una Ley del Deporte Profesional se podría establecer, por ejemplo, la creación, funcionamiento, regulación y modelo de propiedad de las instituciones deportivas; recursos públicos y privados que pueden recibir esta entidades y beneficios fiscales para quienes inviertan en ellas. De esta manera, los empresarios de un estado estarían más dispuestos a integrar sociedades de capital abierto con otros socios minoritarios para consolidar clubes profesionales en sus regiones.
Habría que mirar el modelo de propiedad del fútbol del 50+1 adoptado por Alemania, uno de los más exitosos de Europa, porque permite que los grandes capitales y los tradicionales socios de los clubes puedan convivir, sin que estos últimos pierdan el control de su institución, salvo contadas excepciones.
El Futve requiere de un nuevo modelo de propiedad en Venezuela. Empresarios que inviertan, claro que sí, pero también de fanáticos que se conviertan en socios y también sean responsables de la salud y vida de su club.