abril 20, 2026

La discriminación regresa de vacaciones

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Un hombre de mediana edad, luciendo la camiseta del Barcelona de Ecuador, se levanta de su asiento en el estadio Monumental Banco Pichincha, dirige sus mirada hacia el banco de un equipo y, con la manos rodeándole la boca para que su voz se oyera más lejos, grita: “Venezolanos, muertos de hambre, váyanse a su casa”.

El equipo de Guayaquil enfrenta al Cruzeiro, y el hombre es pillado por las autoridades y suspendido de por vida: nunca más podrá entrar a ver un partido en aquel recinto futbolístico. Días después, en un lance ante el León FC, un grupo de aficionados comete el mismo xenófobo pecado. Los identifican, los castigan…

Se comprueba, otra vez, que la discriminación ha regresado. Pero no es que está de vuelta: abajo, en las entrañas más oscuras y abominables del ser humano, aún vive y alimenta la falsa ideología de una superioridad racial. César Farías ha vuelto a sentir en su ser las mismas balas de la policía que en Sharpeville, Suráfrica, escamotearon la vida a decenas de personas en una de las manifestaciones raciales y “apartheid” más dolorosas y despreciables que recuerden los tiempos. Hacia el técnico venezolano y sus asistentes iban los dardos envenenados del hombre y también los de los aficionados al otro partido, en actos de rebeldía contra los designios firmado por 185 países contra la segregación de todo lo que signifique apartar a la gente por una condición.

¿De dónde nace esta actitud, porqué en diversos estadios de Europa, africanos y latinoamericanos tienen que tragar grueso y agachar sus cabezas porque el color de su piel morena contradice el blanco muy blanco de la gente de allá? No hay exactitudes, pero la llegada a América de quince millones de esclavos africanos se tiene como el punto de partida, el kilómetro cero donde la raíz se ha sembrado, afianzado en la tierra y crecido hasta niveles insospechados.

Más de quinientos años después los rastros siguen vivos, los desperdicios de un razonamiento que nació de la diferencia de dos mundos, con valores parados en las antípodas del universo pero con un eco que aún resuena. No obstante, cada día se va dando la mixtura de razas, y por eso vemos a jugadores de Francia, Noruega, Suecia y España, descendientes de África, en selecciones salpicadas por el color de jugadores que le dan realeza a las camisetas que representan.

En Venezuela, por gracia de Dios, es una rareza una manifestación así; sin embargo, y aunque no se exprese, sigue en lo profundo de la intolerancia de algunos hombres y mujeres. No era común saber de negros en altos cargos o en directivas de empresas; hoy los nuevos tiempos han tenido que reconocer su gran valor y, más allá de prejuicios, darles su merecimiento.

Y ahí están Ronald Acuña, Salomón Rondón, Maikel García y Salvador Pérez como insignias imprescindibles para demostrarlo en cada salto a los terrenos de juego

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De rodillas en el campo

Son múltiples los ejemplos de xenofobia en el deporte, y se rememora con insistencia el caso del “Black Power” en los Juegos Olímpicos de México, en 1968 al subir los ganadores al podio con guantes negros; el de Muhammad Ali al negarse a ir a la guerra de Vietnam; y el de Roberto Carlos en Rusia, al abandonar un partido por insultos raciales.

No se recuerda tanto, por no ser un deporte muy seguido en Venezuela, el de Colin Kaepernick en un partido de fútbol americano. El jugador, en protesta por la brutalidad y asesinato de un policía contra un hombre de raza negra (George Floyd) en Minneápolis, se arrodilló durante la interpretación del himno de Estados Unidos.

Luego de este incidente, otros jugadores lo siguieron y propiciaron que Donald Trump exigiera a los dueños de equipos despedir a los jugadores que emularan los pasos de los rebeldes.

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