Hidratación y salud del atleta
El artículo Athlete Hydration: Beyond Performance Toward Long-Term Health propone un cambio de enfoque en la investigación sobre hidratación deportiva. Tradicionalmente, la hidratación en atletas se ha estudiado casi exclusivamente desde la perspectiva del rendimiento físico inmediato, especialmente en condiciones de ejercicio prolongado o estrés térmico. Sin embargo, los autores argumentan que este enfoque resulta limitado, ya que ignora las posibles consecuencias a largo plazo de una ingesta insuficiente de agua, incluso en deportistas aparentemente sanos. En este contexto, plantean que el consumo habitual bajo de agua podría constituir un factor de riesgo relevante para la salud futura de los atletas, aunque todavía insuficientemente investigado.
Durante décadas, la literatura científica ha demostrado que la deshidratación aguda afecta negativamente la termorregulación, la función cardiovascular y el rendimiento físico. Esto ha permitido desarrollar recomendaciones prácticas eficaces para mantener la capacidad deportiva en entrenamientos y competiciones. Sin embargo, este énfasis en el corto plazo ha relegado a un segundo plano la consideración del balance hídrico diario como determinante de la salud metabólica, renal y endocrina a largo plazo. Los autores sostienen que esta omisión es particularmente relevante en atletas, quienes experimentan pérdidas recurrentes de líquidos y electrolitos debido a la sudoración intensa.
En poblaciones no atléticas, existe evidencia creciente de que una ingesta crónicamente baja de agua —definida como low water intake (LWI)— se asocia con concentraciones elevadas de arginina vasopresina (AVP), una hormona clave en la regulación del equilibrio hídrico. La elevación persistente de esta hormona puede generar una sobrecarga funcional en el riñón y el sistema endocrino, y se ha relacionado con resistencia a la insulina, inflamación de bajo grado y mayor riesgo de enfermedades crónicas. Se estima que hasta el 40% de la población general presenta este patrón de consumo hídrico insuficiente, lo que sugiere que la subhidratación crónica podría ser un fenómeno ampliamente extendido.
En el caso de los atletas, la situación resulta especialmente relevante. A pesar de sus mayores requerimientos hídricos, aproximadamente el 58% consume menos de 35 mL de agua por kilogramo de peso corporal al día, lo que los clasifica como bebedores bajos. Lo llamativo es que, incluso en estos casos, el agua corporal total puede mantenerse dentro de rangos normales. No obstante, esta aparente estabilidad enmascara un aumento sostenido del esfuerzo renal para concentrar la orina, lo que indica una activación continua de los mecanismos reguladores del equilibrio hídrico. En otras palabras, el organismo logra mantener el volumen de agua corporal a costa de un mayor estrés fisiológico.
Uno de los mecanismos centrales implicados en este proceso es la elevación de la AVP. Más allá de su función antidiurética, esta hormona participa en la regulación del metabolismo de la glucosa. Niveles elevados de AVP pueden estimular la gluconeogénesis hepática, aumentar la concentración plasmática de glucagón y favorecer la hiperglucemia. De hecho, las personas con diabetes tipo 2 presentan concentraciones más altas de esta hormona, lo que sugiere una posible conexión entre la ingesta insuficiente de agua y la disfunción metabólica. Asimismo, la activación del sistema renina-angiotensina-aldosterona en situaciones de baja hidratación puede afectar negativamente la señalización de la insulina, contribuyendo al desarrollo de resistencia insulínica.
Además de los efectos metabólicos, la subhidratación crónica también podría influir en la respuesta al estrés. Estudios experimentales recientes muestran que individuos con bajo consumo habitual de agua presentan una mayor reactividad del cortisol frente a situaciones de estrés psicosocial. Este hallazgo sugiere que la hidratación insuficiente podría amplificar la activación del eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, lo que añade una dimensión neuroendocrina al impacto potencial de la baja ingesta hídrica. Así, la hidratación no solo afecta funciones físicas y metabólicas, sino también la regulación emocional y hormonal del estrés.
Otro aspecto relevante señalado en el artículo es la existencia de diferencias sexuales en la regulación de la AVP. Las mujeres presentan umbrales osmóticos más bajos para la liberación de esta hormona, así como una mayor influencia de los estrógenos y la progesterona en su regulación. Estas diferencias podrían explicar variaciones individuales en la respuesta a la hidratación y sugieren la necesidad de recomendaciones más personalizadas en función del sexo.
A pesar de la evidencia disponible en poblaciones no atléticas, los estudios en deportistas siguen siendo escasos y de corta duración. La mayoría de las intervenciones destinadas a aumentar la ingesta diaria de agua han tenido una duración limitada, generalmente entre dos y doce semanas, lo que dificulta evaluar sus efectos a largo plazo. Sin embargo, se ha observado que incluso incrementos breves en el consumo hídrico pueden reducir las concentraciones de AVP y mejorar los biomarcadores urinarios de hidratación. Aun así, no está claro si estos efectos se reproducen de igual manera en atletas, quienes presentan mayores demandas fisiológicas.
El artículo también destaca que los atletas jóvenes tienden a presentar menores niveles de ingesta hídrica que los más experimentados, lo que podría deberse a una menor conciencia sobre la importancia de la hidratación. En este sentido, los programas educativos dirigidos a deportistas jóvenes han demostrado ser eficaces para mejorar el estado de hidratación, lo que sugiere que la intervención temprana podría tener beneficios duraderos.
En la figura se ilustra cómo la ingesta crónicamente baja de agua puede mantener aparentemente normales el agua corporal total y la osmolalidad plasmática, mientras aumenta la concentración urinaria y los niveles de AVP, generando adaptaciones endocrinas y renales sostenidas que podrían asociarse con riesgos metabólicos futuros. Este modelo resume la hipótesis central del trabajo: la estabilidad aparente del equilibrio hídrico no implica ausencia de estrés fisiológico.
Finalmente, los autores plantean dos preguntas clave que permanecen sin respuesta: cuáles son los riesgos reales a largo plazo para los atletas con baja ingesta habitual de agua y si el aumento sostenido del consumo hídrico puede reducir estos riesgos. Para responderlas, proponen ampliar el alcance de la investigación en nutrición deportiva más allá del rendimiento inmediato e incorporar la hidratación diaria como un factor modificable de salud a lo largo de la vida.
En conclusión, el artículo propone un cambio de paradigma en la comprensión de la hidratación en el deporte. Más allá de su papel en el rendimiento físico, la ingesta diaria de agua debe considerarse un componente esencial de la salud metabólica, renal y endocrina a largo plazo. Reconocer esta dimensión permitirá desarrollar estrategias más integrales de prevención y optimización del bienestar en atletas, tanto durante su carrera deportiva como después de ella.
Acceso libre al artículo original en: https://www.fisiologiadelejercicio.com/wp-content/uploads/2026/04/Athlete-Hydration.pdf
Referencia completa del artículo:
Francisco R, Armstrong LE. Athlete Hydration: Beyond Performance Toward Long-Term Health. Sports Med. 2026 Apr 22. doi: 10.1007/s40279-026-02440-5.