Caerse al final, costumbre venezolana

Perder el fuelle, no encontrar el aire de los vencedores, entregar la guardia cuando tanta falta hace. Los ejemplos abundan. Pasó en Maturín en la infortunada noche de los cristales rotos, y acaba de suceder en la Copa América de futsal o fútbol de salón jugada en Paraguay. Comienzos deslumbrantes, goles desde cualquier pedacito del campo, fútbol a raudales. Entonces, llegan las dudas como espejos, las miradas rostro a rostro, los reclamos callados, y con todo ello, las derrotas ante equipos que un tiempo atrás parecían derrotables.
Pero no, llega la hora de la verdad, y aquella selección que se sentía invulnerable, hermética, con respuestas para todas las situaciones posibles, termina con luces apagadas, sin conseguir explicaciones, desorientada. ¿Por qué sucede todo esto, cuál es la razón de que los cuadros venezolanos fallen cuando se espera de ellos la gran cosa?…
Son preguntas nunca cabalmente respondidas, porque ningún entrenador u hombre de fútbol consigue el argumento preciso que explique la verdad de este ancestral asunto. Lo vimos en la Copa América de fútsal. Venezuela comenzó el campeonato con victorias que no dejaban grietas ni diminutos espacios por donde los adversarios pudieran colarse, hasta que las grietas se convirtieron en heridas, y los espacios en boquetes por donde pasaron Brasil, Argentina y Perú.
Entonces, veamos esto: ¿a quiénes le ganó la Vinotinto?, a los que casi siempre les ha ganado. ¿Con cuáles equipos perdió?, con los que siempre ha perdido. Entonces, y este es un criterio válido también para el fútbol: ¿se ha progresado o estamos siempre en el mismo lugar? Visto así, este un argumento válido para las dos expresiones futbolísticas: se ha avanzado, pero viendo hacia adentro, en relación a la misma realidad; está por verse si también los es en relación a los demás. Entonces, si se ha ido adelante, ¿porqué seguimos sin clasificar al Mundial, porqué el fútbol sigue siendo octavo entre diez?…
Aún hay muchas cosas por revisar, no solo futbolísticas, sino también, y con énfasis, en los aspectos físicos. Esas caídas hacia los finales de cada torneo algo tendrán que ver con el aguante de los jugadores a la hora decisiva. En Maturín el equipo se desplomaba de cansancio; en Paraguay por igual razón. Pero, un momento: no hemos hablado de la mente y el pensamiento. Aquí puede estar buena parte de la clave; el jugador venezolano se quiebra mentalmente, se obstina por falta de cultura competitiva, de pensar en soluciones para el enigma en que se convierte triunfar. Sí, porque vencer requiere de una actitud de la cabeza, de una escuela ganadora; no es así nada más. Nos vemos por ahí.
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