Despedidas que duelen, duelen…

El adiós es un acto que no debería existir. Algo tendrá alguna vez que suplantarlo, porque suele ser un episodio de vacío y dolor. Especialmente cuando esa despedida es con alguien querido, “el alma del Caracas”, como fueron las palabras del equipo de la ciudad capital. Así ha sido con la renuncia de Fernando Aristeguieta a la dirección del equipo, en una señal de honestidad del hombre que se encargó del grupo dejando atrás sus firmes y apreciados pasos en México. Al Caracas llegó con promesas de todos, sobre todo de aquella gente ilusionada que fue a buscarlo en multitud al aeropuerto de Maiquetía. Rodeado de sueños, vivió todo este tiempo en la utopía de hacer de “Los Rojos del Ávila” uno de los más encumbrados clubes de América del Sur. Y estaba en el sendero, apuntando firme hacia grandes y coloridos destinos, pretendiendo cambiar lo que había que cambiar…
Pero Venezuela no es México, el fútbol venezolano no es el fútbol mexicano, y Aristeguieta debió tropezar con la misma piedra cientos de veces. Venía del Puebla, de ser entrenador del Sub23 del equipo blanco y azul, y con un porvenir ancho y propio. Aquí se consiguió, como el mismo decía, con “poca cultura futbolística”, con desdén en el sentido de entender el verdadero significado de todo lo que el fútbol debe ser. Acarreando este peso debió transitar por los estadios del país y el poco respaldo de la afición ausente de los graderíos, y aunque siempre mantuvo el respaldo de la directiva caraquista, su atención y afecto, pero al final del sendero y cuando hay que pararse ante la luz de las verdades prefirió dejar sus esfuerzos y mirar hacia una nueva realidad. Una “nueva realidad” que podría estar, porque así lo apunta el destino, en la selección Vinotinto para el tipo que, por causas del juego, por aquellos accidentes imprevistos y crueles, debió irse prematuramente de las cancha de juego y ahogar en la garganta de la gente los goles que algún día quisieron cantar…
El “Colorao”, como se le dice en la familia y en el universo del fútbol, deja una estela en la que siempre quiso inculcar a los jugadores sus valores, sus convicciones, ya demostradas, de alguna manera, en la campaña en la Copa Suramericana de este año: una victoria y un empate ante, vaya logro, el Botafogo y en Río de Janeiro. Se va Fernando Aristeguieta y ahí queda su estela; ahí quedan sus enseñanzas no obstante sus jóvenes treinta y cuatro años de edad, sus valores de fútbol y de comportamiento social, y el recuerdo de alguien que quiso cambiar todo lo que había que cambiar.
Nos vemos por ahí.
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