¿Ud. quiere ir al Mundial?

No habrá ahorro que valga ni cuenta bancaria que aguante la mecha. Será, según los ruinosos costos, un camino inequívoco para la quiebra de muchos. Pero, y a pesar de estos presagios sibilinos y de mal talante, usted se atreverá. El deseo, que puede más que la voluntad, lo empujará hacia un estadio mundialista para estar presente, juegue quien juegue, en un partido. Cien dólares el taxi, cuatrocientos dólares el boleto de ingreso a la lejana grada, cincuenta por dos perro calientes, otros cincuenta por dos cervezas, y al retorno, veinte por el metro y trescientos cincuenta dólares por una noche de hotel. Total: novecientos setenta verdes para ver a veintidós hombres pateando un balón y tratando de enmarañarlo en una quieta red. Usted se ha quedado limpio, acaba de dejar en el Mundial todo lo ganado en un montón de tiempo de trabajo, y fastidiado, a lo mejor no pudo ver a su selección favorita…
Hemos escrito un simulacro de una jornada mundialista, pero sabemos, por todo lo que se oye, o “por los vientos que soplan”, como se dice en el verbo popular, que así ha de ser. El Mundial es ahora un espectáculo distante de los aficionados de toda la vida. Se espera con ansias, pero no se puede ingresar a los estadios porque se ha convertido en un show para gente pudiente, para turistas llegados desde países donde el dinero es más fácil de alcanzar que en América Latina. Recordamos el Mundial 2014 en Brasil: en los graderíos no se hablaba portugués, el idioma del país, sino que se oían enrevesadas lenguas llegadas desde Alemania, Francia, Noruega, Dinamarca y quién sabe de qué remota nación del planeta. En eso ha derivado el encuentro de las mejores selecciones y de los cracks de aquí y de allá: jueguen los partidos mientras la organización festeja con champán rosado el éxito económico. Y los aficionados, desde lejos e hipnotizados por el televisor, levantan sus brazos porque su equipo ha ganado esa tarde. ¡Que viva el Mundial!, gritarán al unísono…
A la distancia de veintidós días, una eternidad para algunos, un chispazo de tiempo para otros, el Mundial invadirá almas y corazones. Y no sabemos si es solo una percepción o si lo es por la decepción de no ver a la Vinotinto en las canchas de Estados Unidos, México y Canadá, pero aún no hemos sentido en la calle aquel fervor de otras épocas. Por eso estos veintidós días serán de observación, de tratar de entrar en el tumulto ensordecedor de la conversación mundialista para conocer la atmósfera de un encuentro de tanta importancia. ¿Sería igual si Venezuela hubiese estado de pleno en el fragor de aquellos tres países anfitriones? ¡Ah, cuántas añoranzas por lo que pudo haber sido!
Nos vemos por ahí.
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