marzo 16, 2026

¿Solo Argentina y Brasil? ummm… ¡Colombia y Ecuador!

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Pasan los años y América del Sur, contradiciendo los sueños libertarios, no termina de unirse en una sola nación. Transcurren los días y no se vislumbra ese alucinado vínculo de anunciada hermandad.

El fútbol es el mejor ejemplo de esa “desunión”. Si fuese verdad la ilusión de esa amalgama de territorios, entonces veríamos en el Mundial de 2026 a una sola selección representativa de la región. Pero qué va; cada una es cada cuál, y por eso y cada quién apunta por sus intereses.

¿Qué pasará en Estados Unidos, México y Canadá? ¿Qué equipo picará, como los españoles en Flandes, para decir al resto del planeta que por aquí se juega, y se juega bien?

Argentina, con su identidad como el país que respeta sus valores de toda la vida, sus raíces, emerge primera en la fila. Va a mixturar a sus jugadores corridos en mil batallas con los árboles en crecimiento: Franco Mastantuono surge entre la maleza del Real Madrid como hombre fundamental.

Brasil se revuelve en la gloria de su pasado. Tendrá en carajitos como Estevao (Chelsea), y Endrick (Olympique de Lyon) la fortaleza anhelada, el deseo ferviente de regresar sobre sus pasos, de desandar el camino perdido.

Pero argentinos y brasileños han sido el señuelo de quien escribe. Albicelestes y canarios repican duro sus tambores por la avenida del medio, pero cuidado, que por ahí se levantan dos bestias que comienzan a abrir sus fauces devoradoras.

Colombia y Ecuador están listos y en los puestos de adentro en la carrera de las preferencias. Tendrán que luchar contra sus adversarios y sus reputaciones, y también con aquella vetusta creencia de que no son capaces cuando la llama quema.

Los colombianos crecen. Les falta convicción, y dejar atrás aquellos fantasmas de toque y toque que es un canto a la intrascendencia. Combaten el pasado con una cantera que se multiplica, que tiene mil y una caras, con Luis Díaz, espectro de medianoche del Bayern Munich que aparece cuando tiene que aparecer, y Luis Suárez, verdugo implacable en el Sporting de Lisboa y tan oportuno que parece haber nacido para morar en los albores del área grande.

Los ecuatorianos andan cerca de entrar en la oligarquía del fútbol. Son desinhibidos, llegan en tropel y parecen caóticos, y ya van superando aquel estigma de que solo son bueno en la altura de Quito. Los vimos en el reciente Mundial de Clubes: en el Chelsea a Moisés Caicedo con el rostro dirigiendo las maniobras desde el centro del campo, y del otro lado de la cancha, a William Pacho, como impenetrable zaguero central del París Saint-Germain.

Colombia y Ecuador se dibujan como un llamado de atención; son dos expresiones que se transfiguran en nuevas versiones del fútbol universal. Es posible que la gente está cansada de mirar triunfantes a los mismos de siempre, de su arrogancia, de su proclamada superioridad. Ahora Bogotá y Quito gritan por su libertad.

Suramérica adelante y atrás

Un paso más atrás, aunque siempre al acecho, Uruguay reclama su lugar entre aquellos llamados preferidos; más lejos y mirando en medio del campo las franjas de separación, Paraguay, que parece que no puede, pero con los guaraníes nunca se sabe.

Más allá, Bolivia, atascada desde hace décadas en aquel tremedal en el que se hunde año a año… hasta aquí los mundialistas del 2026.

Por ahí quedan, a la espera de un porvenir de nubes grises que tratan de aclarar, Venezuela, la eterna promesa y con su fútbol del “casi”; Perú, a pedazos y viviendo del ya lejano recuerdo de Teófilo Cubillas y la pandilla de los años 70-80; y Chile, aquel de las peleas internas y de la dependencia de la generación de Alexis Sánchez, Arturo Vidal y Claudio Bravo, que, levantados como paredes de hormigón, no han dejado pasar a las nuevas camadas de muchachos ambiciosos.

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